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A Ramón y su aventura de vivir.

  • Foto del escritor: E.T.
    E.T.
  • 12 ene 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 25 feb 2025

Un dakariano es alguien que no necesita suerte
Un dakariano es alguien que no necesita suerte

Es otra de esas personas que uno conoce por las circunstancias, De esas relaciones que nacen mal diseñadas porque uno es cliente y el otro proveedor, pero que el tiempo depura cuando hay nobleza en ambos lados.

 

Siempre me asombró su capacidad de trabajo, su minuciosidad, su capacidad resolutiva que más de una vez le ha salvado literalmente la vida. Como buen piloto del Dakar siempre tiene claro su norte, sabe sobrevivir sin agua en el desierto y conducir rápido cuando hace falta. Un todoterreno.

 

Yo me creía alguien en una empresa multinacional y llevaba temas de patrocinio importantes. Pero Ramón me perdonó las niñerías de cliente malcriado, que las tuve. 

 

Y no me delató cuando mis carencias eran obvias. Supongo que fue generoso pensando que yo aún era joven y que apuntaba buenas maneras. Durante un tiempo, compartimos viajes y situaciones que aún hoy da vergüenza recordar por lo exageradas, y por el dispendio que generaban. Eran tiempos en que el marketing era obsceno. Era una industria endiosada que generaba deidades. Y algunos de nosotros éramos obreros que construían los templos de otros.

 

Pasaron los años y la vida afortunadamente me fue cambiando de sitio, pero hemos seguido hablando con la misma complicidad con la que una vez recorrimos la selva en Malasia por las rutas del caucho, con la que competimos con karts, o probamos coches de carreras, la misma con la que nos vemos ocasionalmente para recordarnos que somos amigos.

 

Me encanta cuando veo la empresa que ha levantado con sus propias manos. Era evidente que le iría bien. En aquel momento tenía que desvincularse de la compañía para la que trabajaba y emprender. Y eso nunca es sencillo. Hablamos mucho y yo solo pude reconocerle mi admiración y la certeza de que a él nunca le pasaría nada malo. Que era un dakariano y eso es una especie de ADN infalible. Ahora que ya no soy un animal de multinacional entiendo aun mejor ese espíritu aventurero y habilidades que solo algunos tienen. Ramón conseguía siempre que cualquiera estuviera a gusto. Y se desenvolvía igual de bien sacando petróleo en un despacho que buscando combustible en una aldea perdida en el desierto. Recuerdo esa sensacion de mirarle y pensar que para alguien como el el mundo es un lugar sencillo y que la aventura de vivir es un juego.

 

Gracias Ramonet por cuidarme cuando yo era un niño malcriado. Por enseñarnos la noche del desierto, por tu eterna sonrisa y tu ejemplo. Y no te deseo suerte porque nunca la has necesitado.

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