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A Montse, enigmática e inaccesible, y aun así me abrió su casa.

  • Foto del escritor: E.T.
    E.T.
  • 27 ene 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 25 feb 2025



Conocí a Montse cuando vivíamos en Chile. Amiga de una amiga, me la presentaron porque yo buscaba a alguien que se encargara de gestionar proyectos y clientes. Ella agradeció la oportunidad porque le permitía volver al mundo profesional tras años de dedicación a su familia en Australia.

 

Era una mujer muy agradable y profesional. Tenía una extraña elegancia que se empeñaba en ocultar con una mezcla de timidez y distancia.

 

Para alguien como yo, abierto y social, a veces resultaba exasperantemente reservada y aun así amiga. Por ello nunca pregunté demasiado. Apenas conocí una historia vital contada con cuentagotas. Siempre tuve la sensación de querer acercarme más pero nunca ocurrió. Apenas supe que tenía dos hijas gemelas una en Sydney y otra en Barcelona, con las que hablaba casi a diario, un exmarido en Australia y una casa en Madrid.

 

Trabajamos muy bien juntos, y congeniamos lo suficiente, pero ni un centímetro más. No se dejaba abrazar ni ayudar, no se qué secretos guardaba o si simplemente estaba tan herida que no quería que viéramos sus adentros.

 

Montse me hizo un gran favor en mi época más crítica y delicada. Yo había regresado ya a Madrid medio arruinado, pero necesitaba seguir viajando a Chile por trabajo y mis recursos se iban acabando. Cada viaje era una verdadera apuesta a la espera de conseguir un proyecto que nunca terminaba de concretarse. Gastaba el poco dinero que tenía apostando a un número, pero la ruleta no se movía.

 

No recuerdo si ella estaba en España o Perú, donde viajaba a menudo, pero en una conversación casual me ofreció su casa de Chile. Yo nunca habría aceptado algo así, me resultaba extraño, pero mi situación era delicada.


Cuando entré en su casa, tuve la sensación de entrar de lleno en su vida. Ella no iba a estar esos días y me sentí con un invasor de su celosa intimidad. Sabía poco de ella, pero me dio las llaves de su casa cuando las necesité.

 

Ella no estaba pero si todas sus cosas, sus recuerdos. Un apartamento que la describía a la perfección. Bonito, con buenos muebles, buen gusto, una sensación agradable, pero a la vez habitaciones cerradas y oscuras con cajas de mudanza aun por abrir, como guardando sus secretos.

 

Me sentí extraño, pero a gusto a la vez, como con ella. Y desde luego agradecido por el gesto y la generosidad. Gracias Montse. Aunque te las diera en su momento, es ahora cuando realmente siento que lo que hiciste debió ser un esfuerzo para ti. Gracias por entender mi situación y hacer ese enorme gesto por mí.

 

En los siguientes años solo tuve contactos esporádicos con ella. Un goteo. Aparecía y desaparecía. Seguía en una búsqueda permanente de algo que no se si encontró. Probó y probó cosas hasta que se instaló de nuevo en Madrid y pasó por varios trabajos.

 

Un dia cualquiera comimos juntos, hablamos de todo, volvimos a ser cercanos, le ayudé con las maletas a mudarse a su nuevo pisito en Malasaña y de nuevo el silencio, mensajes sin contestar y la duda de cómo estaría.

 

Siempre me sentiré mal porque no se si debiera haber hecho más por ella. No era fácil saber si necesitaba algo. Un amigo común me iba contando. Y me hablaba de una enfermedad que llevaba con su habitual discreción y de la que él tampoco sabia mucho.

 

En verano del año pasado (2019) coincidiendo con la visita de aquel amigo común tomamos unas cervezas. Se estaba recuperando de una operación de la que aún hoy apenas sé nada, había perdido parte de la voz pero aún así, hablaba ilusionada del futuro.

 

En enero le escribí de nuevo, como solía hacer ocasionalmente. No esperaba respuesta, pero recibí un mensaje helador de su hija desde su WhatsApp.  Se presentaba y me decía que su madre estaba muy mal y que fallecería en las próximas semanas, “te manda un abrazo muy fuerte”. Mantuve la conversación como pude y quise verla, pero preferían intimidad. Saber que alguien por quien sientes afecto y gratitud va a morir pronto y no poder si quiera hablarle o darle un abrazo es muy descorazonador. Entendí la situación y solo alcancé a decir “por favor hacerla muy feliz estos días”.

 

Yo estaba en shock y necesitaba enviarle el cariño que sentía antes de que muriera. Molesté a su hija un par de días más tarde y a su manera conseguí que Montse me hablara. A través de su hija supe que me tenía mucho cariño y que les había hablado mucho de mí. Que en aquella etapa en Chile le había sido de gran ayuda y tenía buenos recuerdos.

 

Apenas 3 días más tarde falleció. Su hija me escribió ya desde su propio teléfono, un número al que aún no he puesto nombre, solo “Hija de Montse”, porque no sé cómo se llama. No lo dijo. No conocí a su hija y no supe nada del funeral al que me hubera gustado ir.


Pero al menos su hija me envió las fotos que le pedí porque no guardaba ninguna en la que apareciera. “Te mando estas de un día que ella estaba muy contenta con su nuevo corte de pelo” Y eso es todo lo que me queda de ella. Una relación extrañamente distante, llena de preguntas y silencios, y aun así entrañable y especial. Muy difícil de explicar.

 

Hoy sigo teniendo una sensación de cariño sin entregar que no sé dónde poner ni a quien enviar.

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