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A Monti. ¿Se puede odiar a un amigo?


Un amigo del cole al que odio
Un amigo del cole al que odio

Cuando los millones de watios que Bad Bunny derrochó en Madrid aun retumban en las paredes de Madrid, y se agotan las entradas para Shakira, resulta hay otros mundos musicales que suenan mucho más bajo, que solo resuenan hacia adentro. Detrás de una puerta cerrada.

 

Hay un mundo cercano y anónimo que vive de la música como oficio, no como espectáculo. Tierras medias donde ser músico es como ser cristalero, abogado o dentista. Sin relumbrón ni vanidad, pero con la bendición de trabajar y disfrutar cada día de una maravillosa materia prima.

 

Entre talleres, tiendas y almacenes, me encuentro por fin con mi amigo Javier Monteverde. Es una persona que camina sonriente y tranquila con su perra teckel porque su interior es un sitio feliz.

 

Mientras sus vecinos de nave piensan en moladoras, endodoncias o hipotecas, mi amigo está ideando melodías, imaginando sonidos, armonías y recordando la última sesión de trabajo con el ínclito Paquito de Rivera o pensando en la próxima producción para Ivan Melón Lewis.

 

Aunque vive por debajo del radar del público y del dinero, mi viejo amigo del colegio es un autónomo que tienen dos Grammys como ingeniero y productor ( y 15 nominaciones) y un estudio de música de primer nivel mundial en un polígono industrial. No es la Motown, ni la mítica GRP récords, pero en sus paredes está la firma de Jeff Procaro, David Paich y Steve Lukather y la de otros muchísimos músicos desconocidos para el gran público pero que tienen ese maravilloso don.

 

En esas salas suenan los mismos acordes y los mismos instrumentos que usaron Michael Jackson o Leonard Bernstein. La misma tecnología que usa Bruno Mars o lady Gaga. Aquí un acorde es igual de disminuido o aumentado que en Los Angeles. Pero estamos en Las Rozas de Madrid, hoy es jueves por la mañana y esta semana toca presentar el IVA.

 

Mi amigo Javier no es Quincy Jones, pero a mí me produce la misma admiración. Quizás más, porque durante unas horas me ha acercado y paseado por el paraíso. Le he hecho millones de preguntas. Fáciles y difíciles. Me ha enseñado las tripas de una producción en la que estaba trabajando. Me ha contado de forma quirúrgica lo que significa la masterización y el sistema Dolby Atmos.

 

Hemos hablado de música, de David Foster, de Earth Wind and Fire y Toto. Le ha quitado la funda y hemos tocado Georgy Porgy de Toto en un imponente piano Yamaha C7 de los buenos. Esos pianos que sabes que existen pero nunca has visto uno en persona, como los billetes de 500.  Me ha corregido algunos acordes y mientras me hablaba de si era un Ab7 con bajo en Bb, como si yo entendiera algo, yo fantaseaba con la posibilidad de que existiera algun tipo de  download de sus conocimientos a mi cabeza.

 

La música, el lenguaje musical, la armonía… es mi gran frustración. Delante de un músico profesional y un piano así me vuelvo pequeño, un tonto impresionable, un aprendiz temeroso. Porque la música es mi gran debilidad. Siento una envidia dolorosa y frustrante porque como persona creativa me hubiera encantado poder expresarme a través de ella. Creo que todo lo que siento podría haber derivado en buena música. Pero simplemente no ocurrió cuando tenía que ocurrir y después ya se hizo tarde. Y ya toda mi vida he ido detrás de ella como las ratas de Hamelín pero sin llegar a hacerla mía nunca.

 

A pesar de esa amargura hoy he disfrutado cada segundo, porque él ha seguido improvisando unos minutos y la propia música, ocurriendo delante de mí, a un metro de distancia, me conmovía y me emocionaba como siempre hace. 

Estaba tan cerca, era tan real, tan pura… pero no estaba dentro de mí y no nacía de mí. Solo he podido sentirla sin tocarla. Esa eterna agonía mía.

 

Como ver un paisaje desde la ventana del tren, sin vivirlo, sin el viento ni el olor, solo disfrutándolo por un momento. Desde fuera. Cuando un cambio armónico o un acorde te pone las entrañas de punta solo puedes vivirlo, disfrutarlo y esperar a que vuelva a ocurrir de pronto. Es una de esas cosas que no se explican fácil pero se sienten de una forma tan absoluta, tan profunda. Desde siempre.

 

Después de estas dos horas de música y conversación nos hemos despedido. Mucho antes de lo que yo hubiera querido, pero no he querido saturarle y dejar abierta la posibilidad de repetirlo.

 

Al abrir la puerta de pronto volvíamos a estar en un polígono industrial, tenía que pasar por la farmacia y recopilar los papeles para cerrar el trimestre. He vuelto a casa con Spotify, pero ya no era lo mismo. Una vez más la música me ha hipnotizado, me ha enamorado y me ha hecho volar por dentro. Pero vuelvo a estar fuera de ella. Alone again naturally.

 

Querido Monti, gracias por esta mañana tan especial para mi y tan cotidiana para ti. Debes saber que he dejado de odiarte y envidiarte porque ahora es más fuerte mi admiración.

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