A Arturo y sus galletas
- E.T.

- 12 ene 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 11 may 2025

En una época en que tuve que viajar a Chile una semana al mes, Arturo me dio las llaves de su casa allí. Tenía los armarios de la cocina llenos de galletas de chocolate, pero el resto de los armarios vacíos y ni una sola foto. Nada que le hiciera sentir que aquella fuera, ni remotamente, su casa. Después de dos años, Arturo quería, necesitaba, sentir que todo aquello era provisional y que su casa estaba en Sevilla. No en el ruidoso barrio de Providencia.
Rara vez coincidíamos. Su vida era casi tan patética como la mía en esos días. Trabajo y reuniones en un país donde no queríamos estar. La casa podría ser un paraíso para un goloso como yo, pero yo no siempre tenía el ánimo para Granolas. Fue una época solitaria, forzada y triste en realidad.
Arturo fue siempre para mi una referencia. Un tipo especial, silencioso, discreto. El hombre que nunca perdía la sonrisa a pesar de su tristeza. De esas personas a las que querrías alegrar la vida, pero que sientes que no perteneces a su mundo.
Cariñoso y gracioso, sevillano de pro y profesor. Se había encontrado en una situación sin salida. Su empresa le había enviado a Chile a reflotar su filial. El había reconducido una situación de empresa insostenible con su esfuerzo, pero tras dos años nadie parecía agradecérselo y su horizonte de volver a España era cada vez mas difuso.
Entre tanto su apartamento seguía exactamente como el día que se lo entregaron. Amueblado con muebles imposibles, como los que uno encuentra en un apartamento de playa de alquiler. Mezclando tejidos pop y marineros, dos posters enmarcados del festival de Viña del Mar y una librería con objetos de decoración sin vida. Todos los armarios estaban vacíos y las dos televisiones de plasma seguían sin sintonizar. La acumulación de chucherías era el único rasgo de la casa que delataba la presencia de Arturo. Un apartamento impersonal, feo, y ruidoso que nos servía a ambos para dormir y sentir que aquel no era nuestro lugar en el mundo
Sin saberlo Arturo me dio muchas lecciones. De sacrificio sobre todo. Me recordaba que el vínculo con tu tierra y tu gente es lo más importante. Que cada uno tenemos la vida que tenemos por las decisiones que tomamos y otros por las que no tomamos. Y somos capaces de cargar con eso durante años de sufrimiento. Arturo se debía a la promesa que había hecho a un amigo y solo por él seguía en Chile perdiendo años y lejos de su madre enferma. En muchos momentos me sentí igual que él, pero el amigo al que yo me debía resultó no serlo tanto ( pero esa es otra historia)
Así que Gracias Arturo. Por darme cobijo en esa época tan especial, por compartir, en muy pocos ratitos, mi experiencia emprendedora. Gracias por tus galletas y por tu complicidad, Por enseñarme que se puede vivir sin televisión en casa. Por tu gracia natural y de verdad te deseo que vuelvas pronto a tu sitio. Por la lealtad que demuestras a un amigo y tu capacidad de sufrimiento y de ponerte una venda en los ojos para no tener ni siquiera la intención de mirar hacia casa. Un ejemplo de lealtad.
Editado: han pasado varios años. Arturo volvió por fin a España tras años de lucha infructuosa y se reencontró con su madre unos años. Y sigue siendo esa persona por la que tendré un profundo cariño y agradecimiento siempre. Porque las guerras unen mucho y cualquier gesto de generosidad puntúa mucho más. Y una galleta con chocolate puede llegar a emocionarte. La infinita lealtad que profesó a su amigo quedándose en la trinchera enemiga no obtuvo ningún agradecimiento, ni ninguna recompensa. Pero nunca lo esperó tampoco, porque la verdadera lealtad no es interesada. Arturo, sigues siendo un gran ejemplo. Gracias.



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