A Agus, del Pájaro Amarillo.
- E.T.

- 25 dic 2024
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 25 feb 2025

El Pájaro Amarillo es un chiringuito playero en Oyambre. Y toma el nombre del avión que aterrizó allí mismo en 1929. Era el primer avión que cruzaba el atlántico sin escalas, de oeste a este, en sentido inverso al que lo hizo Lindbergh meses antes y por eso no tiene ningún mérito en Wikipedia.
Aunque si guarda al menos el dudoso honor de ser el primer vuelo con un polizón de la historia. Ese sobrepeso inesperado hizo que el vuelo no llegara a París según lo previsto y fue la enorme explanada de la playa cde Oyambre la improvisada pista de aterrizaje. Sin orquesta, ni fanfarria. En una playa vacía y preciosa.
Aparte de la anécdota histórica, el Pájaro Amarillo es un templo del veraneo. Desde hace más de 25 años acudo puntualmente cada verano y ocasionalmente los inviernos. El bullicio es contínuo. Pasan los años y las ampliaciones se van quedando pequeñas. Es un lugar donde la gente come con los pies llenos de arena y huele a coco de bronceador. El Chiringuito por excelencia. Mantel de papel, casera, rabas, paellas y pescados del día y vistas a un mar de sombrillas.
Los primeros 10 años, sufrí como cualquiera por conseguir mesa. Gente nerviosa, largas esperas, hambre… y en medio de ese caos siempre resaltaba el dueño, un chaval joven de aspecto ágil y despierto que sorteaba cada día los cabreos e impaciencias de sus clientes. Un auténtico fuera de serie capaz de controlar las 50 mesas al minuto y las oleadas de personas que entraban por varios accesos. Intentar que aquel chico te atendiera era un auténtico arte. Muchos optaban por llamar su atención, insistirle hasta ser maleducados, buscarle con la mirada, hacer gestos de impaciencia…. Como si aquello fuera a inmutarle. Un cuaderno de anillas medio roto, listas de nombres llenos de tachones y su boli bic era el aro por el que todos debíamos pasar.
Yo siempre elegí la opción discreta, dejar que mi presencia acabara quedando en su retina entre tantas idas y venidas frenéticas. Un único gesto al inicio y luego la espera silenciosa. Admito que al principio no daba los mejores resultados. Pero siempre he creído que el goteo riega mejor la tierra que un aspersor ruidoso. A veces esperé demasiado y sentí que algunos conseguían su mesa antes a base de incomodar. Pero ser una mosca molesta no es mi estilo.
Con los años supongo que mi cara empezó a quedarse grabada. He ido con amigos, grupos grandes y pequeños, solo con mi mujer… pero siempre, antes de irme, he ido a buscarle para hacerle un gesto de agradecimiento. Algo que imagino el resto de madrileños impacientes olvidan una vez que ya han conseguido su mesa.
A día de hoy no tengo una relación ni siquiera de amistad con él, solo soy una referencia mas…. Hemos compartido alguna conversación fugaz mientras pagaba, algún intercambio de frases en los momentos con menos gente. Y algunos momentos frente a la televisión que cuelga junto a la barra, mientras veíamos las escapadas de Induráin en el Tour o algún partido… Pero sobretodo ha sido en las visitas fuera de temporada cuando he podido hacerme reconocer. Unos años más tarde decidí llamarle por su nombre, Agus, al ver que todo el mundo lo hacía. Y así hasta llegar a tener la sensación de que ya me reconocía entre los miles de caras y familias que aparecen cada verano…
He ido viendo también como sus empleados siguen ahí pasados los años y que la relación entre todos ellos es jovial, simpática, frenética. Vi como una de las camareras se convertía en su mujer y como desapareció un año, para reaparecer al siguiente con un carrito con un bebé. Como las mesas de plástico se hacían de madera y luego de metal, como las sombrillas se convertían en toldos y luego en pérgola. He ido viendo como el negocio iba creciendo pero el coche de Agus sigue estando cada día y cada hora aparcado ahí fuera. Y disfruto viendo como a pesar de los años, siguen siendo la misma familia, las mismas caras, las mismas rabas y el mismo estrés.
Pero sin duda es ahora, pasados ya 30 veranos cuando el goteo ha dado sus frutos. Cuando he conseguido un cruce de miradas mágico con Agus. Como una patente de corso. Ni siquiera sabe realmente mi nombre, pero soy ese mismo señor, ahora gordito y con barba, que lleva viniendo 30 años. Ese que nunca ha levantado la voz, que nunca hace gestos de reclamo, que nunca ha ejercido de veraneante impaciente y que siempre se despide al irse. Es ahora cuando levanto la cabeza entre la muchedumbre que espera mesa cuando él reacciona al instante, me hace un gesto y me deja elegir la mesa. Eso no se consigue ni en uno ni en 5 veranos.
Gracias Agus. Siempre me ha admirado vuestra capacidad de trabajo, pasan los años y sigo viendo a tus camareros y camareras corriendo de lado a lado, sin perder la compostura y la misma simpatía. Los veraneantes somos una especie molesta, impaciente y maleducada, yo siempre he intentado corresponder vuestra dedicación y respetar vuestro trabajo y entender que hacéis lo imposible. Gracias por detectarme entre todo el bullicio.
Editado: me veo en la necesidad de actualizar el relato ya que en los últimos meses algo ha cambiado, para bien. En una ocurrencia de invierno, revisando fotos antiguas vi una serie de fotos de 2010 que había hecho en esa playa. Se me ocurrió que podrían estar expuestas en el Pájaro Amarillo. Así que rompí esa relación anónima con Agus y le abordé para contarle mi idea. “Traemelas y vemos…” y de pronto unas semanas mas tarde ahí están colgadas. Ahora esas fotos en la pared cerca del baño a las que nadie prestará atención, para mis son un logro muy especial, son una especie de testimonio de gratitud y afecto por mi parte. Agus seguirá sin saber mi nombre pero de alguna manera yo ahora siento que soy parte de ese sitio tan especial.



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